El sol se dejó caer.
Se le subieron los colores al rostro.
Miré a estribor y ahí estaba; imponente, majestuoso, definitivo.
un atardecer inignorable. Sobrecogedor.
Casi inmediatamente lloré. Fué un momento donde la evidencia de la soledad era absoluta, e igualando magnitudes de fuerzas con la puesta del sol, arrolladora.
Hubiese querido compartir aquello con alguien; más no con cualquiera. Únicamente con alguien que hubiera querido estar conmigo más que, y más que con ningún otro.
Y también quise querer eso mismo.